viernes, 18 de noviembre de 2016
Su piel derrite el hielo de la soledad. Sus labios van degustando
el placer más perverso de todos, la húmeda carne se abre ante la embestida
feroz de su amante, que impiadosamente arremete una y otra vez.
Sus manos sujetan con fuerzas las sábanas, mientras sus voluptuosos
pechos acumulan el sudoroso y dulce olor del amor.
Todo surge de apoco, sus ropas caen lentamente, sus rostros se
funden entre sí... Las caricias van desnudando las almas, destellos
se desprenden de sus cuerpos, como fugaces lágrimas del tiempo...
JUAN ARÉVALO.
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