ANA Y ARIEL.
Todo pasó de repente. Ella sentada sobre él, subía y bajaba.
Sus pechos rosaban los labios de su efímero amante, quien con su lengua
lamía los pezones desesperadamente.
Cada gemido que se desprendía de la boca de la mujer era un deseo vibrante.
El tiempo se volvía una hoguera con leños que se consumían mutuamente. El sexo de Ana se abría
una y otra vez, dando pasó al miembro de Ariel, que rígido, se dejaba absorber
por la húmeda cavidad que se contraía , apretando aquel bulto entre sus labios
carnosos e impiadosos.
Ariel, en gesto furioso, toma los glúteos de ella, en un grito desata su furia en el interior de Ana, quien complacientemente se deja llevar por la espesa lava que dentro suyo se adueñaba de cada lugar de su vientre.
JUAN ARÉVALO.
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